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Final feliz: Heno

¡Hola!

Mi nombre es Heno.

Tengo alrededor de 3 años, porque cuando un señor me dejó en el CPA de Torrejón de Ardoz, calcularon que debía tener un año más o menos.

Nunca entenderé por qué me abandonaron, escuché rumores de que crecí más de lo que pensaban… pero ¡Si peso 3,4 kilitos de nada!

En fin, esos meses fueron muy traumáticos y no recuerdo cómo ni porqué llegué al CPA. Los voluntarios, muy majos todos, cuidaron de mí y me atendieron. Uno de ellos me puso este nombre, Heno, me gusta, no he conocido a otro conejo que se llame igual 😀

No llevaba chip, así que en seguida se pusieron a buscarme casa.

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En realidad allí conocí la fama: Me hicieron fotos, casi un “book” completo y aparecí en las redes sociales. Fue en Facebook donde mis humanos (Elena y Diego)  me vieron y no pudieron, claro, más que enamorarse de mí.

¿Qué hace un conejo en una «perrera»? Fue lo primero que les llamó la atención. Pese a mi ya adquirida popularidad yo estaba solo en un sitio rodeado de quienes son mis depredadores naturales. Y entonces se enteraron de que podían acogerme «temporalmente» (¡ja! Ingenuos), y después de pensárselo un poco –no sé qué tenían que pensar- se aparecieron por el CPA.

El 1 de junio de 2013, domingo recuerdo, fueron a recogerme y yo estaba atacado de los nervios, no sabía qué pasaba. El coche no hacía más que dar botes por el camino de salida del CPA y el humano que estaba a mi lado era un novato en esto de atender conejos asustados.

Llegamos a casa y me habían preparado una habitación entera para mí solo, ni rastro de jaulas.  Estos humanos, novatos en el cuidado de conejos, empezaron bien, eso me gustó. Desde ese día y hasta ahora ando libre por casa, aunque tengo el paso restringido a habitaciones con cables, solo puedo entrar bajo supervisión. Esto podría deberse a cierto incidente en el verano de 2013, por el que se me acusó de haber cortado las líneas de comunicación de la casa: se dice que mordí algún cable de internet. Yo me defendí aduciendo que no me habían puesto suficientes juguetes para roer, pero nada. El juez me prohibió el paso a habitaciones con cables y encima dicen que es por mi seguridad, que a ver si acabo churruscado por andar mordiendo cables.

Iba adaptándome bien, hasta que unos meses después, tras firmar la adopción definitiva, llegó la revisión veterinaria completa y me dijeron que tenía mal los dientes.
No comía suficiente heno, que es mi alimento principal, y mis dientes crecían y crecían pero no los desgastaba. Un vete habló de limarme los dientes, pero fuimos a otro vete y dijo que si me los limaban una vez iban a tener que limármelos siempre y que lo mejor era que comiese heno.

Probamos con toda clase de henos, ya no sabíamos qué hacer, mis dientes empeoraban y estaba con medicación. Creo que probé todos los henos del mercado y al final comía algo, pero el vete seguía insistiendo en que tenía que comer más heno.

En esas estábamos cuando llegó a casa Lola, una conejita de pocos meses pero de armas tomar.

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Las primeras semanas de socialización  fueron muy turbulentas. Los conejos somos por naturaleza sociables, pero también muy territoriales y hubo gresca con Lola, pese a que teníamos espacios separados.

Finalmente nos entendimos. Lola me contó que era una gazapita cuando la encontraron en un descampado, no había comido en días y estaba enferma. Lo había pasado muy mal, pero llego a manos de una protectora donde también cuidaron de ella. Ahora somos inseparables.

Lola fue la cura para mis dientes: ella comía heno y al verla a mí me entraba envidia y comía yo también. ¡Si la dejo sola se come todo el heno!

A lo mejor es que estaba depre por estar sin compi de mi especie, aunque los humanos me hacían (y siguen haciendo) muchos mimos, pero no es lo mismo. Los conejos somos muy sociables y preferimos estar con otros conejos. Y si son tan majas como Lola, mejor.

Ahora mi vete dice que tengo los dientes perfectos y estoy sanote. Por las mañanas, siempre algunos minutos antes de que suene el despertador de los humanos, Lola y yo nos echamos carreras por el pasillo y en los derrapes golpeamos la puerta de su habitación, así no se olvidan de nuestro desayuno. Y si no espabilan les rascamos su puerta para que despierten -siempre funciona ;)-.

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La época más chula del año es cuando vamos a la casa con patio. En primavera y otoño solemos ir a allí y salimos todos los días a ese patio enorme, damos saltos y carreras y nos lo pasamos genial.

Mis humanos, que eran novatos en esto  de cuidar conejos, ahora creo que son casi expertos; aunque aún siguen sin atreverse a cortarnos las uñas así que cuando vamos al “Vete” también toca pedicura. He oído que en unos días nos toca revisión otra vez, siempre dicen que es por nuestro bien, pero a nosotros no nos gusta, por eso Lola y yo ya estamos planeando la resistencia y no vamos a ponerlo fácil.

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